lunes, 9 de mayo de 2011

Capítulo 12

Llevaba varios días intentándolo. Tentativas infructuosas que comenzaban a cansarlo. Shia caminaba cabizbajo por las calles de Hibor, aparentando ser uno más. Su rostro era conocido, su reputación más que dudosa, y sus acciones cuanto menos eran temidas. Debía proteger a toda costa su identidad. Todos conocían su rol de consejero privado de Lady Trenda Synclair. Un consejero permanecía al lado de su señor moviendo las redes, obteniendo información, aconsejando. No caminaba en solitario sin rumbo ni propósito fijo. No podía ser descubierto. Llamaría la atención.
Hacía una semana había encontrado curiosos sirvientes en Sagres, que merecía la pena silenciar. Ahora los papeles habían cambiado, él jugaba el papel de sirviente en busca de una casa, una pobre figura de la calle buscándose el pan de cada día en una noble familia. Pero las cosas no eran tan fáciles. De hecho llevaba seis días en la calle. Todo este asunto comenzaba a irritarle. No quería formar parte de una familia cualquiera, su objetivo era entrar en el círculo de las casas influyentes, aquellas que habían movido los hilos en torno a Lady Trenda, tejiendo complicadas intenciones que mas convenía desentrañar. No sólo por su señora, sino por su propio pellejo. Ser consejero de una casa influyente era un gran honor,  pero también un gran peligro. Las posiciones volaban de un día para otro, y lo único que podía anclarte en un sitio con relativa estabilidad era el trabajo bien hecho.
Estaba cansado de deambular. Entró en una vieja posada del puerto norte. El olor a pescado pasado, a salitre y a mierda se coló por su afilada nariz como un distintivo. Sabía donde se encontraba, la zona más abandonada de Hibor, la más pobre, donde más gente era víctima de asesinatos, robos y violaciones. Para él, el lugar más seguro. Entre basura había nacido, crecido y madurado, amado y asesinado. Conocía los recovecos, donde ir y donde no frecuentar. Necesitaba paz, tiempo para pensar en cómo actuar. La mejor manera era una buena cerveza en jarra de madera, manchada por el uso y lavada a saber hacia cuánto. Era curioso cómo el líquido se impregnaba de matices desconocidos. Cada día que iba tenía un regusto diferente.
Se dirigió a una habitación apartada, detrás de la barra tras echar una ojeada al posadero. Éste se limitó a asentir sin mirarle. Se sentó ante una vieja mesa en una esquina del almacén. Allí nadie le haría preguntas, había venido a beber y a pensar. Minutos más tarde apareció, un hombre delgado, fibroso que se movía con rapidez. Traía una jarra de cerveza y un plato de pollo humeante con una salsa cuyo origen era mejor desconocer. Se sentó a su lado tras gritarle a un muchacho que atendiera la barra.
- De nuevo aquí, Shia- dijo el posadero con una sonrisa amarga-. No quisiera herirte, pero me gusta ser sincero, siempre lo he sido contigo. Tu presencia no es precisamente un buen augurio. Siempre que apareces por la ciudad, hay movimiento. No quisiera meterme en problemas.
- Para herirme hacen falta más que simples palabras- sonrió Shia-. Estoy desempeñando una misión digamos, delicada. Necesito la máxima discreción. Se está prorrogando más de lo que pensaba. Llevo varios días en la calle, pero necesito un techo y comida. Tengo pensado un plan y necesito ponerme en contacto con ciertos círculos. No se si me entiendes. No debes preocuparte por mí John. Sé cubrir mis huellas. Céntrate en conseguirme una cama lo suficientemente limpia para que se sobreviva y pon al tanto de mis intenciones  a las personas adecuadas.
Le tendió una bolsa llena de monedas. El posadero asintió mirando hacia atrás y se guardó la bolsa en el delantal no sin antes sopesarla.
- Pienso descansar esta tarde. Esta noche espero gente el almacén del puerto. Una hora pasada la medianoche. ¿Me has entendido?- susurró suavemente Shia.
-Perfectamente- asintió con deferencia John-. Vuelvo a la barra, el local se hunde.
Shia dio buena cuenta de lo que tenía por delante. No dejaba de sorprenderle el buen sabor del plato de comida que le habían traído.


Se cerró el broche de la capa maldiciendo. Soplaba una brisa helada que amenazaba con rebanarle el pescuezo. La noche fría de mediados de invierno, lo era aún más en el puerto norte. Más allá de donde alcanzaba la vista se extendía el mar. Un mar de cristal, un mar de escarcha y de muerte. El viento se colaba en el muelle dejando expuesta toda su personalidad. Se apresuró cuidando mucho de hacer el mínimo ruido. La gente podía llegar a ser muy curiosa.
Dobló la esquina del almacén y chocó con algo. Perdió el equilibrio, pero se recompuso de un salto. La figura se movió hacia delante. Tenía una navaja afilada que brillaba con la luz de la luna.
Shia suspiró. Iba a tener que bajarse la capucha, y con el frío que hacía. Maldijo para sí. Mostró su rostro a la par que estudiaba la cara del hombre, buscando un atisbo de reconocimiento. Nada en su rostro cambió.
- Veo que eres nuevo por este barrio, ¿no?- preguntó educadamente.
La figura se removió inquieta. Sus víctimas no solían parase a dialogar mientras les robaban, eran propensas a otro tipo de reacciones.
- ¿Quién eres tú?- preguntó con desconfianza mientras avanzaba.
- Esa es la cuestión. No lo sabes. Mejor así. No quiero correr el riesgo de ser visto- dijo Shia mientras hacía una mueca.
Antes de que pudiera decir algo más Shia saltó hacia él y de un movimiento clavó un puñal en el vientre del hombre. Este se estremeció y en su cara se leía la sorpresa. Comenzó a deslizarse sobre su cuerpo en dirección al suelo con las manos cerradas en torno al abdomen.
Sus ojos parecían preguntar porqué. Decidió satisfacer la curiosidad de su víctima.
- Llega un poco tarde, en mi modesta opinión. Hay que ser imbécil para plantarme cara. Es obvio que no eres de aquí. Soy Shia, el silencio de Hibor. Ahora me conoces. Hazme el favor de morirte rápido.  Lo mejor que puede pasarte es que te congeles. Hazme caso. Las ratas del puerto son famosas por su limpieza y su tamaño. Dejan todo bien recogido- dijo guiñandole un ojo.
Lo último que vio el hombre fue una sonrisa de niño en la cara de Shia, una sonrisa cargada de apariencia, pero vacía de contenido.
Tras la distracción de la noche, se adentró en el callejón y empujó la puerta que daba al almacén, la cual estaba abierta. Una tenue luz dibujaba una fina línea en el suelo a su derecha. Bordeo las cajas de pescado pútrido y vio la luz colarse por el resquicio de una puerta. Se oían voces. Entró sin llamar.
El posadero y otro hombre se le quedaron mirando. Había en sus ojos una mezcla de temor y respeto, salpicado de cierta reverencia.
- Buenas noches, señores- dijo Shia inclinando la cabeza.
Los otros saludaron con un ademán de cabeza y se sentaron en unas cajas.
- El asunto que nos reúne es simple- dijo Shia juntando las manos-. Necesito hacerme pasar por sirviente de una de las casas influyentes de la cuidad. Con ello me refiero a objetivos como la casa Iosvan o Brucka. Me reservo los intereses como bien comprenderéis. El que no lo comprenda o vaya más allá en su deseo de conocer mundo simplemente le brindare mi mejor carta. Creo que lo he aclarado, ¿no?.
El silencio recorrió el almacén. Las dos personas sentadas frente a él asintieron obedientemente temerosos de perturbar el ambiente con su voz.
Se acercó hacia ellos y se arrodilló. Le gustaba imponer su presencia. La intimidación era un arte complejo pero que brindaba jugosos resultados. También requería su tiempo afinarla.
- He probado a introducirme como hombre de las cuadras, panadero, cocinero, cortesano. Nada ha servido. No son tontos, ellos eligen a quién quieren entre sus allegados. La cuestión es burlar ese obstáculo o ganarse su confianza. Mi experiencia me empuja a apostar por lo segundo.
- ¿Cómo demonios piensas ganarte la confianza de esos hijos de puta?- preguntó el hombre desconocido.
- Tengo algunas ideas, Brat. Pero antes necesito saber qué cojones hacía ese niñato ahí fuera. No puedo correr riesgos. ¿No os habéis asegurado de qué no había nadie en la zona antes de meteros aquí?-preguntó con sorna.
- No te preocupes, es mi sobrino- dijo Brat quitándole importancia. Le he dicho que vigile la entrada para no llevarnos sorpresas. Mucha gente viene a por pescado de noche.
Shia sonrió para sí.
- Siento decirlo, pero el muchacho era un poco ambicioso. Debiste inculcarle la prudencia como principio, antes de enseñarle a ratear. Ahora es un compañero de juego más de las ratas-apuntó con expresión compungida, pero teñida de un sutil sarcasmo.
Le gustaba jugar con las emociones de los demás, saborear su poder para controlar la situación.
Vio a Brat cerrar ambos puños con fuerza y bajar la mirada mientras mascullaba algo, pero al parecer, él si tenía sentido común y permaneció en su sitio.
- Bueno, siguiendo por donde íbamos. Necesito teatro. Nuestro papel será crear una situación de peligro vital para algún miembro de una de esas familias. Vosotros haréis de asaltantes y yo de chico bueno. Con suerte, el tópico príncipe salva princesa tan inculcado en sus atolondradas cabezas jugará a nuestro favor.