Llevaba varios días intentándolo. Tentativas infructuosas que comenzaban a cansarlo. Shia caminaba cabizbajo por las calles de Hibor, aparentando ser uno más. Su rostro era conocido, su reputación más que dudosa, y sus acciones cuanto menos eran temidas. Debía proteger a toda costa su identidad. Todos conocían su rol de consejero privado de Lady Trenda Synclair. Un consejero permanecía al lado de su señor moviendo las redes, obteniendo información, aconsejando. No caminaba en solitario sin rumbo ni propósito fijo. No podía ser descubierto. Llamaría la atención.
Hacía una semana había encontrado curiosos sirvientes en Sagres, que merecía la pena silenciar. Ahora los papeles habían cambiado, él jugaba el papel de sirviente en busca de una casa, una pobre figura de la calle buscándose el pan de cada día en una noble familia. Pero las cosas no eran tan fáciles. De hecho llevaba seis días en la calle. Todo este asunto comenzaba a irritarle. No quería formar parte de una familia cualquiera, su objetivo era entrar en el círculo de las casas influyentes, aquellas que habían movido los hilos en torno a Lady Trenda, tejiendo complicadas intenciones que mas convenía desentrañar. No sólo por su señora, sino por su propio pellejo. Ser consejero de una casa influyente era un gran honor, pero también un gran peligro. Las posiciones volaban de un día para otro, y lo único que podía anclarte en un sitio con relativa estabilidad era el trabajo bien hecho.
Estaba cansado de deambular. Entró en una vieja posada del puerto norte. El olor a pescado pasado, a salitre y a mierda se coló por su afilada nariz como un distintivo. Sabía donde se encontraba, la zona más abandonada de Hibor, la más pobre, donde más gente era víctima de asesinatos, robos y violaciones. Para él, el lugar más seguro. Entre basura había nacido, crecido y madurado, amado y asesinado. Conocía los recovecos, donde ir y donde no frecuentar. Necesitaba paz, tiempo para pensar en cómo actuar. La mejor manera era una buena cerveza en jarra de madera, manchada por el uso y lavada a saber hacia cuánto. Era curioso cómo el líquido se impregnaba de matices desconocidos. Cada día que iba tenía un regusto diferente.
Se dirigió a una habitación apartada, detrás de la barra tras echar una ojeada al posadero. Éste se limitó a asentir sin mirarle. Se sentó ante una vieja mesa en una esquina del almacén. Allí nadie le haría preguntas, había venido a beber y a pensar. Minutos más tarde apareció, un hombre delgado, fibroso que se movía con rapidez. Traía una jarra de cerveza y un plato de pollo humeante con una salsa cuyo origen era mejor desconocer. Se sentó a su lado tras gritarle a un muchacho que atendiera la barra.
- De nuevo aquí, Shia- dijo el posadero con una sonrisa amarga-. No quisiera herirte, pero me gusta ser sincero, siempre lo he sido contigo. Tu presencia no es precisamente un buen augurio. Siempre que apareces por la ciudad, hay movimiento. No quisiera meterme en problemas.
- Para herirme hacen falta más que simples palabras- sonrió Shia-. Estoy desempeñando una misión digamos, delicada. Necesito la máxima discreción. Se está prorrogando más de lo que pensaba. Llevo varios días en la calle, pero necesito un techo y comida. Tengo pensado un plan y necesito ponerme en contacto con ciertos círculos. No se si me entiendes. No debes preocuparte por mí John. Sé cubrir mis huellas. Céntrate en conseguirme una cama lo suficientemente limpia para que se sobreviva y pon al tanto de mis intenciones a las personas adecuadas.
Le tendió una bolsa llena de monedas. El posadero asintió mirando hacia atrás y se guardó la bolsa en el delantal no sin antes sopesarla.
- Pienso descansar esta tarde. Esta noche espero gente el almacén del puerto. Una hora pasada la medianoche. ¿Me has entendido?- susurró suavemente Shia.
-Perfectamente- asintió con deferencia John-. Vuelvo a la barra, el local se hunde.
Shia dio buena cuenta de lo que tenía por delante. No dejaba de sorprenderle el buen sabor del plato de comida que le habían traído.
Se cerró el broche de la capa maldiciendo. Soplaba una brisa helada que amenazaba con rebanarle el pescuezo. La noche fría de mediados de invierno, lo era aún más en el puerto norte. Más allá de donde alcanzaba la vista se extendía el mar. Un mar de cristal, un mar de escarcha y de muerte. El viento se colaba en el muelle dejando expuesta toda su personalidad. Se apresuró cuidando mucho de hacer el mínimo ruido. La gente podía llegar a ser muy curiosa.
Dobló la esquina del almacén y chocó con algo. Perdió el equilibrio, pero se recompuso de un salto. La figura se movió hacia delante. Tenía una navaja afilada que brillaba con la luz de la luna.
Shia suspiró. Iba a tener que bajarse la capucha, y con el frío que hacía. Maldijo para sí. Mostró su rostro a la par que estudiaba la cara del hombre, buscando un atisbo de reconocimiento. Nada en su rostro cambió.
- Veo que eres nuevo por este barrio, ¿no?- preguntó educadamente.
La figura se removió inquieta. Sus víctimas no solían parase a dialogar mientras les robaban, eran propensas a otro tipo de reacciones.
- ¿Quién eres tú?- preguntó con desconfianza mientras avanzaba.
- Esa es la cuestión. No lo sabes. Mejor así. No quiero correr el riesgo de ser visto- dijo Shia mientras hacía una mueca.
Antes de que pudiera decir algo más Shia saltó hacia él y de un movimiento clavó un puñal en el vientre del hombre. Este se estremeció y en su cara se leía la sorpresa. Comenzó a deslizarse sobre su cuerpo en dirección al suelo con las manos cerradas en torno al abdomen.
Sus ojos parecían preguntar porqué. Decidió satisfacer la curiosidad de su víctima.
- Llega un poco tarde, en mi modesta opinión. Hay que ser imbécil para plantarme cara. Es obvio que no eres de aquí. Soy Shia, el silencio de Hibor. Ahora me conoces. Hazme el favor de morirte rápido. Lo mejor que puede pasarte es que te congeles. Hazme caso. Las ratas del puerto son famosas por su limpieza y su tamaño. Dejan todo bien recogido- dijo guiñandole un ojo.
Lo último que vio el hombre fue una sonrisa de niño en la cara de Shia, una sonrisa cargada de apariencia, pero vacía de contenido.
Tras la distracción de la noche, se adentró en el callejón y empujó la puerta que daba al almacén, la cual estaba abierta. Una tenue luz dibujaba una fina línea en el suelo a su derecha. Bordeo las cajas de pescado pútrido y vio la luz colarse por el resquicio de una puerta. Se oían voces. Entró sin llamar.
El posadero y otro hombre se le quedaron mirando. Había en sus ojos una mezcla de temor y respeto, salpicado de cierta reverencia.
- Buenas noches, señores- dijo Shia inclinando la cabeza.
Los otros saludaron con un ademán de cabeza y se sentaron en unas cajas.
- El asunto que nos reúne es simple- dijo Shia juntando las manos-. Necesito hacerme pasar por sirviente de una de las casas influyentes de la cuidad. Con ello me refiero a objetivos como la casa Iosvan o Brucka. Me reservo los intereses como bien comprenderéis. El que no lo comprenda o vaya más allá en su deseo de conocer mundo simplemente le brindare mi mejor carta. Creo que lo he aclarado, ¿no?.
El silencio recorrió el almacén. Las dos personas sentadas frente a él asintieron obedientemente temerosos de perturbar el ambiente con su voz.
Se acercó hacia ellos y se arrodilló. Le gustaba imponer su presencia. La intimidación era un arte complejo pero que brindaba jugosos resultados. También requería su tiempo afinarla.
- He probado a introducirme como hombre de las cuadras, panadero, cocinero, cortesano. Nada ha servido. No son tontos, ellos eligen a quién quieren entre sus allegados. La cuestión es burlar ese obstáculo o ganarse su confianza. Mi experiencia me empuja a apostar por lo segundo.
- ¿Cómo demonios piensas ganarte la confianza de esos hijos de puta?- preguntó el hombre desconocido.
- Tengo algunas ideas, Brat. Pero antes necesito saber qué cojones hacía ese niñato ahí fuera. No puedo correr riesgos. ¿No os habéis asegurado de qué no había nadie en la zona antes de meteros aquí?-preguntó con sorna.
- No te preocupes, es mi sobrino- dijo Brat quitándole importancia. Le he dicho que vigile la entrada para no llevarnos sorpresas. Mucha gente viene a por pescado de noche.
Shia sonrió para sí.
- Siento decirlo, pero el muchacho era un poco ambicioso. Debiste inculcarle la prudencia como principio, antes de enseñarle a ratear. Ahora es un compañero de juego más de las ratas-apuntó con expresión compungida, pero teñida de un sutil sarcasmo.
Le gustaba jugar con las emociones de los demás, saborear su poder para controlar la situación.
Vio a Brat cerrar ambos puños con fuerza y bajar la mirada mientras mascullaba algo, pero al parecer, él si tenía sentido común y permaneció en su sitio.
- Bueno, siguiendo por donde íbamos. Necesito teatro. Nuestro papel será crear una situación de peligro vital para algún miembro de una de esas familias. Vosotros haréis de asaltantes y yo de chico bueno. Con suerte, el tópico príncipe salva princesa tan inculcado en sus atolondradas cabezas jugará a nuestro favor.
Crónicas de un loco
Un espacio dedicado al noble y divertido arte de la escritura. Que el alocado transcurrir de los hechos incendie vuestras mentes. No os olvidéis de dar vuestra opinión ;)
lunes, 9 de mayo de 2011
sábado, 30 de abril de 2011
Capítulo 11
Lady Trenda descansaba en la reconfortante calidez de sus cámaras privadas. Las tupidas cortinas color púrpura no dejaban pasar ni una gota de luz. No era extraño pues, que la oscuridad se derramara por la estancia jugando con sus delicados rasgos. Despertaba encendidas pasiones allá donde se dignaba a ser vista. No obstante, una larga fila de detractores se agolpaban a sus espaldas, buscando el mínimo resquicio para hacerla caer de su privilegiada posición. Curiosamente las “ilustres figuras de gran hermosura” como a ella les gustaba llamarles, y no precisamente por su belleza, rechinaban los dientes día tras día por su osadía y por el hecho de ser la única mujer del reino que ostentaba el cargo de Lord. Muchos nobles varones eran señores de sus respectivas Casas, y sus hijas jugaban un papel muy destacado en la diplomacia de las relaciones entre familias, forjando y deshaciendo alianzas, pero a ninguna se le había siquiera pasado por la cabeza autoproclamarse dueña y señora de su casa. A la muerte de su padre, que a ella le gustaba llamar asesinato, y razones no le faltaban para sospecharlo, las cartas guardadas con celo durante años de acciones encubiertas, llegaron a sus manos. Entre sus incontables embrollos se encontraba el último legado del antiguo Lord Sirclay. Tromer, su padre, había decidido valerse de la misma picardía y ganas de dar por culo que lo caracterizaron en vida, pasándose por el forro de los cojones el derecho de sucesión masculino. En su testamento concedía su hija el castillo de Sagres y todo su servicio, las ricas tierras de la Casa Sirclay, el título de Lord bajo la condición textual: “ ….cuando estos hijos de puta hagan rodar mi cabeza…. ”, lo cual ya hacía adivinar por donde andaba encaminado su noble padre, y, por último, sus intocables cimitarras de oscurita. Ya desde pequeña, foco de la atención que caracteriza a una hija única, asistía absolutamente fascinada, a los relatos que habían propiciado el origen de los Sirclay, los cuales giraban en torno a esas enigmáticas cimitarras. Siempre había deseado poseerlas, aprender a manejarlas, sentir su fluctuante sonido al cortar el aire, pero rara era la ocasión en que estaban a la vista. Su presencia era salvaguardada por su padre con el celo con el que un ratón esconde su queso en el agujero. Ahora eran suyas, las acciones de su padre habían llegado demasiado lejos,…o se habían quedado demasiado cortas, según de donde se mirara. Debió ignorar los consejos de prudencia que arrojaba con temor su fiel consejero, el cual nunca llegó a comprender que en el espíritu de un Sirclay no había cabida para el perdón, la clemencia o la pena, uno debía actuar en consecuencia a sus ideales, a los principios que se inculcaban en esa casa, al margen de que la ley dictaminada por el rey o por el barbero de la esquina supusiera ir contra las normas.
Muchos sucesos se agolpaban en su mente, producto del loco transcurrir de los hechos en los días pasados. Confusos aunque escalofriantes rumores habían llegado hasta su persona a través de su consejero privado, uno nuevo por supuesto, del otro podía afirmarse que había sido destinado a un mejor uso…uno podía llegar a sorprenderse de la disposición a satisfacerla de ciertos animales de compañia. No valía la pena correr riesgos, no en los tiempos que corrían. El asesinato de su padre no era más que un añadido a una larga ristra de extraños acontecimientos que se venían sucediendo en los últimos días.
Sus oscuras pupilas se contrajeron, cuando la luz se coló en la ensombrecida estancia. La puerta se abrió y se cerró rápidamente. Una figura de mediana tamaño avanzó hacia el centro de la estancia, justo enfrente de ella, y dándole la espalda se agachó. Un débil chasquido fue seguido de una explosión de luz en su retina, cuando la viva luz de la llama alimentó el hueco de la chimenea.
-Ya está bien de tanta oscuridad-dijo un hombre con una barba bien definida que se enfrentaba a su escrutadora mirada-. Oscuros sucesos ensombrecen el reino, no hace falta que mi señora contribuya a promoverlos con su recluimiento-apuntó con una mueca burlona.
-Ohh, callaté-dijo Trenda sin apenas fuerza, cansada-. No estoy de humor para tus bromas Shia. Mi cabeza no para de dar vueltas, intento dar con el maldito bastardo que mató a mi padre. ¿Sabes algo al respecto?, ¿los hombres que envíe, qué novedades arrojan a este asunto?
-Me temo que mis noticias a ese respecto no llenarán sus oídos de gozo precisamente-dijo el consejero con una mueca, rebuscando algo entre sus ocultos bolsillos.
Como me temía-pensó agotada-. La verdad es que no me sorprende. La sombra de una columna de gran altura se cernía sobre Casa Sirclay amenazando con derrumbarse de un momento a otro, y parecía que ninguno de los incompetentes que la rodeaban podía hacer nada al respecto.
-Hibor se ha despertado esta mañana con la cabeza de uno de ellos en una taberna del barrio de ladrones. Me imagino que la suerte de los demás no habrá sido más bondadosa, pero se desconoce su paradero. No obstante, perdone mi osadía, pero me he tomado la libertad de secundar esta misión personalmente con mi presencia, pues temía el desenlace de esta escaramuza- afirmó sonriendo con travesura. La mueca que aparecía en su cara al reírse dibujaba una estampa atípica en su persona. Su semblante era duro como una piedra, curtido dios sabe en cuantas situaciones de dudoso desenlace. Sin embargo este cambio lo convertía en un niño inocente.Nada más lejos de la realidad se obligó a pensar. Corría peligro teniéndole cerca de ella, pero una mente tan afilada como la suya es justo lo que necesitaba en este momento.
-¿Podrías aclararme la naturaleza de ese temor?, ¿me estás diciendo que has enviado deliberadamente a mis hombres a morir, es eso?- espetó Trenda con fingida furia, siguiéndole el juego.
Una nueva mueca se adivinó en el rostro del maldito Shia.
-Me agrada como razona mi señora, está usted en lo cierto, pero ruego a su persona que me conceda la libertad de explicar mis acciones con detenimiento.
-Haz el favor de sentarte bastardo y acércame ese brebaje de pesadilla, quiero estar lo suficientemente borracha como para evitar matarte, sería un desperdicio- dijo ella, dejándose caer entre las ropas de su cama.
Shia se acercó a la cómoda.
- Se me ocurrió que sería interesante evaluar la lealtad de sus hombres.El único ruido aparte de su voz en la habitación era el crepitar de las llamas.- Este reino es muy pequeño, y no hay muchas Casas que realmente puedan permitirse el lujo de emprender acciones encubiertas contra vos. Ahora sí, muchas pequeñas ratas grises, estarían dispuestas, digamos a colaborar, por participar de un trozo del pastel. Hay mucho interes de por medio en este tipo de intrigas, y es importante que comprendáis que su forma de actuar no será previsible. Nunca deberéis esperar una afrenta directa. Jugarán al desgaste, picando aquí y allá, hasta que no sepas adonde agarrarte ni en quien confiar. Muchos mierdas venidos a más entran en este juego, todos quieren saborear tu carne, y vuestro deber es satisfacerlos, brindarles un banquete de ponzoña, que acaba de una vez y para siempre con sus aspiraciones. No se si me explico-aventuró el hombre acercándole la copa.
Trenda lo aceptó con una sonrisa. Se puso en pie y se acercó al fuego. Le gustaba sentir como se desentumecían sus huesos con el envolvente calor.
-Continúa-espetó secamente, mirando las caprichosas formas que adquiría el tronco al ser devorado por las llamas.
-Bien, siguiendo en esa línea, sospeché que no era de extrañar que nuestros hombres hubieran sido tentados. Es lo que haría yo si quisiera obtener información de primera mano. No tuve más que echar el anzuelo y esperar. Investigué sobre las incorporaciones más recientes a su servicio, unos veinte. Los reuní a todos con discreción y les alerté de la urgencia de indagar acerca de la muerte de su anterior amo. El sedal atado al anzuelo se tensó antes mis ojos, rápidamente tres voluntarios se adelantaron mostrando gran disposición. Les alenté afirmando que serían recompensados por su determinación y que sus acciones agradarían sobremanera a su señora.
Notó la presencia de Shia a sus espaldas, y no pudo reprimir un escalofrío, se acercó más al fuego, para contrarrestrar el efecto. No debia mostrar debilidad ante él. Predecía que era como un perro rabioso, en el momento que oliera en ella el aroma dulzón del miedo, se lanzaría a su cuello sin dudarlo.
-No puedo más que decir que envié a mis valientes muchachos a Hibor, no una sino tres veces. Puedo afirmar que resultaron finalmente tremendamente útiles- apuntó con una carcajada fría, vacía de todo timbre de alegría-. Y digo finalmente, por la simple razón de que la prueba que yo buscaba no salió de sus gargantas hasta que acabe con ellos.
Muchos sucesos se agolpaban en su mente, producto del loco transcurrir de los hechos en los días pasados. Confusos aunque escalofriantes rumores habían llegado hasta su persona a través de su consejero privado, uno nuevo por supuesto, del otro podía afirmarse que había sido destinado a un mejor uso…uno podía llegar a sorprenderse de la disposición a satisfacerla de ciertos animales de compañia. No valía la pena correr riesgos, no en los tiempos que corrían. El asesinato de su padre no era más que un añadido a una larga ristra de extraños acontecimientos que se venían sucediendo en los últimos días.
Sus oscuras pupilas se contrajeron, cuando la luz se coló en la ensombrecida estancia. La puerta se abrió y se cerró rápidamente. Una figura de mediana tamaño avanzó hacia el centro de la estancia, justo enfrente de ella, y dándole la espalda se agachó. Un débil chasquido fue seguido de una explosión de luz en su retina, cuando la viva luz de la llama alimentó el hueco de la chimenea.
-Ya está bien de tanta oscuridad-dijo un hombre con una barba bien definida que se enfrentaba a su escrutadora mirada-. Oscuros sucesos ensombrecen el reino, no hace falta que mi señora contribuya a promoverlos con su recluimiento-apuntó con una mueca burlona.
-Ohh, callaté-dijo Trenda sin apenas fuerza, cansada-. No estoy de humor para tus bromas Shia. Mi cabeza no para de dar vueltas, intento dar con el maldito bastardo que mató a mi padre. ¿Sabes algo al respecto?, ¿los hombres que envíe, qué novedades arrojan a este asunto?
-Me temo que mis noticias a ese respecto no llenarán sus oídos de gozo precisamente-dijo el consejero con una mueca, rebuscando algo entre sus ocultos bolsillos.
Como me temía-pensó agotada-. La verdad es que no me sorprende. La sombra de una columna de gran altura se cernía sobre Casa Sirclay amenazando con derrumbarse de un momento a otro, y parecía que ninguno de los incompetentes que la rodeaban podía hacer nada al respecto.
-Hibor se ha despertado esta mañana con la cabeza de uno de ellos en una taberna del barrio de ladrones. Me imagino que la suerte de los demás no habrá sido más bondadosa, pero se desconoce su paradero. No obstante, perdone mi osadía, pero me he tomado la libertad de secundar esta misión personalmente con mi presencia, pues temía el desenlace de esta escaramuza- afirmó sonriendo con travesura. La mueca que aparecía en su cara al reírse dibujaba una estampa atípica en su persona. Su semblante era duro como una piedra, curtido dios sabe en cuantas situaciones de dudoso desenlace. Sin embargo este cambio lo convertía en un niño inocente.Nada más lejos de la realidad se obligó a pensar. Corría peligro teniéndole cerca de ella, pero una mente tan afilada como la suya es justo lo que necesitaba en este momento.
-¿Podrías aclararme la naturaleza de ese temor?, ¿me estás diciendo que has enviado deliberadamente a mis hombres a morir, es eso?- espetó Trenda con fingida furia, siguiéndole el juego.
Una nueva mueca se adivinó en el rostro del maldito Shia.
-Me agrada como razona mi señora, está usted en lo cierto, pero ruego a su persona que me conceda la libertad de explicar mis acciones con detenimiento.
-Haz el favor de sentarte bastardo y acércame ese brebaje de pesadilla, quiero estar lo suficientemente borracha como para evitar matarte, sería un desperdicio- dijo ella, dejándose caer entre las ropas de su cama.
Shia se acercó a la cómoda.
- Se me ocurrió que sería interesante evaluar la lealtad de sus hombres.El único ruido aparte de su voz en la habitación era el crepitar de las llamas.- Este reino es muy pequeño, y no hay muchas Casas que realmente puedan permitirse el lujo de emprender acciones encubiertas contra vos. Ahora sí, muchas pequeñas ratas grises, estarían dispuestas, digamos a colaborar, por participar de un trozo del pastel. Hay mucho interes de por medio en este tipo de intrigas, y es importante que comprendáis que su forma de actuar no será previsible. Nunca deberéis esperar una afrenta directa. Jugarán al desgaste, picando aquí y allá, hasta que no sepas adonde agarrarte ni en quien confiar. Muchos mierdas venidos a más entran en este juego, todos quieren saborear tu carne, y vuestro deber es satisfacerlos, brindarles un banquete de ponzoña, que acaba de una vez y para siempre con sus aspiraciones. No se si me explico-aventuró el hombre acercándole la copa.
Trenda lo aceptó con una sonrisa. Se puso en pie y se acercó al fuego. Le gustaba sentir como se desentumecían sus huesos con el envolvente calor.
-Continúa-espetó secamente, mirando las caprichosas formas que adquiría el tronco al ser devorado por las llamas.
-Bien, siguiendo en esa línea, sospeché que no era de extrañar que nuestros hombres hubieran sido tentados. Es lo que haría yo si quisiera obtener información de primera mano. No tuve más que echar el anzuelo y esperar. Investigué sobre las incorporaciones más recientes a su servicio, unos veinte. Los reuní a todos con discreción y les alerté de la urgencia de indagar acerca de la muerte de su anterior amo. El sedal atado al anzuelo se tensó antes mis ojos, rápidamente tres voluntarios se adelantaron mostrando gran disposición. Les alenté afirmando que serían recompensados por su determinación y que sus acciones agradarían sobremanera a su señora.
Notó la presencia de Shia a sus espaldas, y no pudo reprimir un escalofrío, se acercó más al fuego, para contrarrestrar el efecto. No debia mostrar debilidad ante él. Predecía que era como un perro rabioso, en el momento que oliera en ella el aroma dulzón del miedo, se lanzaría a su cuello sin dudarlo.
-No puedo más que decir que envié a mis valientes muchachos a Hibor, no una sino tres veces. Puedo afirmar que resultaron finalmente tremendamente útiles- apuntó con una carcajada fría, vacía de todo timbre de alegría-. Y digo finalmente, por la simple razón de que la prueba que yo buscaba no salió de sus gargantas hasta que acabe con ellos.
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